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Lo inédito transferencial *

Verónica Ortiz.

“Que se diga-Hacia un nuevo silencio”

Enrique Acuña

I

El título del seminario de este año “La transferencia: un hecho nuevo” sale al cruce de una descalificación del psicoanálisis, frecuente en nuestra época: la obsolescencia. Una práctica que solo se ocuparía del pasado, de sucesos supuestamente perimidos, en lugar de tratar con la época actual, con el aquí y ahora de los hombres y mujeres del siglo XXI. El título, entonces, hace hincapié en lo nuevo. E incluso sostiene que lo nuevo es un hecho. Como quien dice se constata que ha sucedido. Es que el psicoanálisis, síntoma de nuestra época, ha emergido como discurso inédito.

No obstante si bien, al menos en Argentina, el psicoanálisis existe, habrá que hacerlo existir cada vez, sentándolo a la mesa del banquete social. Ya que lo que se presenta como novedoso (más que nuevo) es el resurgimiento y auge de los conductismos variopintos que tan bien se llevan con nuestra época neoliberal. No queda claro que el psicoanálisis sea hoy tomado seriamente; invitación a ponerlo a prueba cada vez, no solamente en los consultorios sino también en los debates públicos, en los medios de difusión, a través de publicaciones.

Encontramos lo nuevo ya en la primera página de la 27° conferencia de psicoanálisis de Sigmund Freud, titulada “La transferencia”: “[…] Y a mí me resulta imposible escamotearles este tema, pues en él podrán ustedes tomar conocimiento, por la observación, de un hecho nuevo sin cuya comprensión los procesos patológicos que hemos estudiado quedarían sensiblemente incompletos.” Si bien, y Freud lo señala, es preciso atribuir a todos los hombres normales la capacidad de dirigir investiduras libidinales de objeto sobre personas, la transferencia analítica es un hecho nuevo. ¿Por qué? Porque requiere de cierta maniobra por parte del analista para “llamar desde adentro”[i] y así producir la apertura de la caverna en la que resultará posible escuchar no solo los dichos de alguien sino también y sobre todo- contra un fondo de silencio- las resonancias de su decir. Se trata, como sostenía Freud, de una nueva neurosis: la neurosis de transferencia, que tiene al analista situado en su centro en calidad de objeto. La maniobra del analista implica, como enseñó Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder”, renunciar, precisamente, a ejercer un poder.

El epígrafe que incluyó Christian Gómez en el argumento, tomado de Charles Baudelaire, consta de un verso de “El viaje”: “Ir hasta lo desconocido para encontrar lo nuevo”. Tal vez, en la transferencia, podremos viajar hacia lo supuestamente conocido, lo familiar, que se volverá Unheimlich, extraño, para encontrar lo viejo conocido/desconocido que se actualiza en cada cosa que hacemos, pensamos, sentimos, para- al término del viaje- encontrar algo nuevo, un nuevo modo de vivir la pulsión, ese viejo modo de satisfacción.

Enrique Acuña también dijo sobre lo nuevo, en su libro Resonancia y silencio- Psicoanálisis y otras poéticas. Ya en el índice hallamos dos textos con referencias explícitas: El prefacio, “Que se diga-Hacia un nuevo silencio” y “El viejo mundo nuevo. La sociedad del acto analítico.”

En el primero nos topamos con la siguiente pregunta “¿A qué nuevo silencio se ve conducido el analista que escucha la resonancia de las palabras?” Unas frases más abajo hallamos una orientación: “Ese nuevo silencio surge después de un salto por el hueco del inconsciente, salto que va de la impotencia que hay en el síntoma, sordo ruido de la pulsión, hasta una razón final.” (¿Guiño al poema de Arthur Rimbaud que Jacques Lacan anudara a un amor nuevo?) Hacia el final del artículo, la pregunta es reformulada: “¿A qué nueva ética, que no sea del prejuicio principista, es decir, a qué política del deseo debe atender quien bordea ese saber? Esa política depende de la carencia que se logra por atravesar una experiencia inédita […]”. La de un análisis.

En “El viejo mundo nuevo. La sociedad del acto analítico” leemos: “Podemos considerar que hay algo de lo viejo en lo nuevo del mundo y eso hace posible conectar el lenguaje a un goce vía el síntoma que perdura. Durabilidad de una insistencia de esa naturaleza (a)temporal del objeto del psicoanálisis, que no se cansa de decir que «no hay» felicidad.”. Acuña se está refiriendo a ese apremio lacaniano a que el psicoanálisis responda al horizonte de su tiempo al considerar cómo cada época vive la pulsión. Pero también, si hay algo de lo viejo en lo nuevo, se tornará posible- por medio de la transferencia- conectar el lenguaje al síntoma, devenido así síntoma analítico.

Agreguemos, a modo de antídoto frente a la tentación de correr tras lo nuevo de modo excesivo: “Una fórmula para no correr atrás de lo novedoso como moda es pensar qué elemento se mantiene de lo viejo en lo nuevo […]”. Es que novedoso es distinto de nuevo, en el sentido en que lo estamos tomando hoy. Lo nuevo en psicoanálisis es aquello que implica un acontecimiento. Aquello que toca el vacío del ser y transforma al sujeto. Y es que, también, el elemento viejo es una “roca viva”, casi un oxímoron que enlaza lo rocoso imperecedero con lo inédito viviente[ii].

Al final del artículo Enrique Acuña se refiere a lo nuevo en la sociedad analítica, a aquello que podemos llamar la transferencia de trabajo: “Para nosotros ahora lo que perdura es una sociedad de analistas, pero la sociedad del acto analítico no es sin otros discursos.”. Esto explica el interés de hacer psicoanálisis y crítica, como ya consta en el nombre mismo de la revista de la Red Analytica del sur- Psicoanálisis y crítica. Es que en las publicaciones de las asociaciones que conforman la Red se apunta a las frixiones entre el psicoanálisis y la cultura.

Entonces, lo nuevo de la transferencia puede declinarse en lo nuevo que implica para la vida del analizante, lo nuevo en relación a lo que podríamos llamar el lugar del analista, lo nuevo con respecto a otras prácticas de la palabra, terapéuticas o no, y lo nuevo en el modo de armar instituciones.

II

A partir de algunos párrafos seleccionados del escrito lacaniano “Del trieb de Freud y del deseo del analista” nos preguntamos cuál es la novedad freudiana sino la introducción del reconocimiento de la castración en la vida del ser humano. Considerada por él mismo una revolución en la línea inaugurada por las revoluciones copernicana y darwiniana, infligió una herida más al ser humano ya que resulta que tampoco es el amo de lo que cree más confiable: la conciencia. Lo inconsciente viene a horadar, a introducir la falta, la falla, el tropiezo, el desencuentro, la falta de control de aquello que creemos que gobierna nuestra conducta racional. El sueño, el lapsus, el acto fallido, el olvido, la equivocación, el chiste y, por supuesto, el síntoma constituyen un colofón de la otra escena freudiana.

Jacques Lacan indica que en aquel elogio al amor en que consistió El banquete de Platón, si bien la carencia que cava el deseo permanece enigmática aunque está también conservada, solo adquiere sentido a partir del “resorte enteramente nuevo que Freud introdujo”: la castración. Esto nos lleva a articular las nociones de amor y de deseo como parte del Eros- aunque de ningún modo partes idénticas-, a tomar en consideración el amor de transferencia en su relación sine qua non con el deseo[iii], tanto del analizante como de aquello llamado deseo del analista.

Entra en escena el ágalma[iv]. Si seguimos la nota de traducción al pie de página[v], imagen/prenda de amor de lo decible. En su octavo seminario, Lacan no acuerda con esta traducción, acercando etimológicamente el vocablo griego a un cierto brillo, significación central que apunta al objeto parcial.[vi] Este objeto agalmático es encarnado de algún modo por el analista como prenda que inaugura la transferencia- principio por el que el deseo, y no solo el amor, entra en la escena. ¿Haciendo qué? Apostando a que tenga lugar lo que Lacan llamó “la metáfora del amor”, modificando así la naturaleza del amante. Toda demanda es demanda de amor, enseñaba Lacan. La demanda que se le hace al analista- por el solo hecho de dirigirle a él las palabras- es demanda de ser amado, comprendido, apreciado. El analista acepta esa demanda, aloja al paciente en el dispositivo, pero no responde amando al paciente. Una respuesta tal implicaría quedar atrapado en el cobre del embuste del amor, tornando imposible “el oro puro del análisis”[vii] freudiano. “Alcibíades enseña el cobre del embuste del amor, y de su bajeza (amar es querer ser amado) en la que estaba dispuesto a consentir.”

Lacan le hace decir a Sócrates “el engaño de la belleza por la verdad, ciertamente, a fe mía, eso es trocar cobre por oro.”. Pero, además, “Ahí donde tú ves algo, yo no soy nada.”. Y Sócrates no admite ser algo digno de ser amado. Su esencia es ese vacío, ese hueco. El analista no responde al amor convirtiéndose en el amado, el erómenos. Permanece del lado del deseante, el erastés. Sabe que no se lo ama por las excelencias de su persona. Ya lo había averiguado Freud, durante los tumultuosos años de los inicios del psicoanálisis, cuando enredado en las transferencias de sus primeras pacientes histéricas. En la conferencia mencionada más arriba advertía: “Esperemos que el médico sea lo bastante modesto…”.

Ahora bien, el siguiente párrafo introduce otra cosa. Es que en un análisis se dan cita no solo el amor y el deseo sino también la pulsión, que implicará necesariamente la acción de algo más allá del principio de placer, más allá de todo bien que el terapeuta que ama a su paciente quiera conseguir para él. Aparecerá inevitablemente aquello que rompe la escena: la compulsión a la repetición, la reacción terapéutica negativa, el horror del sueño traumático…

El ser que habla debe vérselas con la pulsión. El lenguaje ha destartalado el instinto y nadie ha tenido más opción que convertirse en un surrealista que arma un montaje[viii] de elementos heterogéneos, que gira y gira sin pausa ni fin alrededor del vacío que han cavado las palabras. Este montaje como programa pulsional es distinto, único para cada ser hablante, armado con elementos contingentes. Pero, una vez cristalizado, fijado a un determinado recorrido, instaurada la repetición, obliga a cumplir aquello que se nos presenta como un destino.

Además de un montaje, continúa Lacan “las pulsiones son nuestros mitos, ha dicho Freud. No hay que entenderlo como una remisión a lo irreal. Es lo real lo que mitifican, según lo que es ordinario en los mitos: aquí el que hace el deseo reproduciendo en ello la relación del sujeto con el objeto perdido.” En el Seminario 17 Lacan llama ciencia a un saber amo autónomo del saber mítico[ix] que rechaza y excluye la dinámica de la verdad. No obstante, lo excluido retorna en el inconsciente bajo la forma de un saber disjunto que resulta del encuentro ¿con qué? ¿Con algo mítico irreal? No. El saber del inconsciente resulta, por el contrario, del encuentro traumático con lo real.

En cuanto a la relación del sujeto con el objeto perdido podemos orientarnos con las operaciones de constitución del sujeto, la alienación y la separación, punto de inserción del lenguaje en el cuerpo del ser que habla, del ser diciente, según la traducción de Oscar Masotta que utilizara también en su enseñanza Enrique Acuña. Por un lado, el sujeto del inconsciente, siempre representado entre dos significantes, nunca presentado y, por el otro lado, el objeto. El objeto llamado plus de goce a la altura del Seminario 16 implica la paradoja de que aquello que es pérdida, la entropía, pueda ser también suplemento.

“Los objetos que pueden someterse a provechos y pérdidas no faltan para ocupar su lugar. Pero solo en número limitado pueden llenar un papel que simbolizaría perfectamente la automutilación del lagarto, su cola soltada en la desesperación.” Debido a que el objeto falta se inaugura el reiterado circuito de la pulsión en la búsqueda de la satisfacción perdida. Puede, dijimos, asimismo haber “provecho”, objetos a que funcionan como tapón: los objetos oral, anal, escópico e invocante. Pero también aquellos objetos técnicos o de la sublimación que nos procuran un suplemento de goce, unos “pocos de goce”. Aunque, como no se tratará ya de el objeto, el perdido, se inaugura la repetición en la que siempre algo de la recuperación falla. Entonces, Encore, Aún…

Al verse atrapado en la red significante, el lagarto humano se aliena y se automutila, segregando un objeto[x]. Un lagarto tiene más suerte, la cola le volverá a crecer, mientras que el ser hablante se verá obligado a armar montajes pulsionales alrededor de su falta de cola.

“Malaventura del deseo en los setos del goce, que acecha un dios maligno. Este drama no es el accidente que se cree. Es su esencia: pues el deseo viene del Otro y el goce está del lado de la Cosa.” El dios maligno de lo real, del mal encuentro con lo real, acecha. Pero el drama humano no es el accidente que se cree, es decir, no es contingente. Es necesario: lo real es lo que no cesa de no escribirse. Lo que sí es contingente es la transferencia analítica, el encuentro con un analista, que permita un desmontaje de la pulsión y el armado de un nuevo montaje. Con los mismos viejos elementos de los que ya se disponía, armar lo nuevo.

Entre los “objetos que no faltan para ocupar el lugar” (de la falta, de la cola perdida del lagarto humano) está el analista. Aquel que paga con su persona en la transferencia poniendo en función su deseo.

La última página de La angustia concluye de este modo: “Lo que hace de un psicoanálisis una aventura única es la búsqueda del ágalma en el campo del Otro. Les he interrogado varias veces acerca de lo que conviene que sea el deseo del analista para que el trabajo sea posible allí donde tratamos de llevar las cosas más allá del límite de la angustia. Conviene, sin duda, que el analista sea alguien que, por poco que sea, por algún lado, algún borde, haya hecho volver a entrar su deseo en este a irreductible, lo suficiente como para ofrecer a la cuestión del concepto de la angustia una garantía real.”

El psicoanálisis- esa aventura única- consiste entonces en esta búsqueda del ágalma en el campo del Otro, abierto por el deseo del analista. Búsqueda que llamamos transferencia.


* Escrito a partir de lo dicho en la 1° clase del Seminario 2022 de la Red de Asociaciones Analíticas y Publicaciones Periódicas – Hacia lo nuevo: concepto y función de la transferencia. La clase llevó por título La transferencia: un hecho nuevo, con comentario de Ana Gutiérrez y consistió, en parte, en un comentario de párrafos seleccionados del escrito lacaniano “Del trieb de Freud y del deseo del analista”, en Escritos 2.

[i] Acuña, E.: Curso breve febrero 2020. En https://seminarioenriqueacuna.wordpress.com/2020/01/29/lacan-del-inconsciente-al-ser-diciente/

[ii] https://seminarioenriqueacuna.wordpress.com/2021/06/29/dos-veces-una-oportunidad-por-veronica-ortiz/

[iii] Lacan, J.: El seminario, Libro 8, La transferencia, Paidós, Bs. As., 2003, “¿Cómo se puede llegar a olvidar esta cuestión?- cuál es, en esta relación tan precisamente electiva, privilegiada, como es la relación de amor, la función de este hecho- que el sujeto con quien, de entre todos los sujetos, tenemos el vínculo del amor es también el objeto de nuestro deseo.”, pág. 172.

[iv] Ditto: Este ágalma “[…] lo que hoy introduzco bajo el nombre de ágalma y que es el punto principal de la experiencia analítica”… “[…] gira en torno a la función fundamental del objeto”, pág. 173.

[v] Lacan, J.: Escritos 2, Siglo XXI Argentina Editores, 1987, pág.832.

[vi] Ditto iii: págs. 166/169.

[vii] En “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1919) Freud se refirió al “cobre de la sugestión directa” como distinto del “oro puro del análisis”.

[viii] Lacan, J.: El seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 1987, pág. 177 “(…) una dínamo enchufada a la toma de gas, de la que sale una pluma de pavo real que le hace cosquillas al vientre de una hermosa mujer que está allí presente para siempre en aras de la belleza del asunto.”

[ix] Lacan, J: El seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 1992, pág. 94: “El saber del amo se produce como un saber autónomo del saber mítico y esto es lo que se llama ciencia.”

[x] Lacan, J.: El seminario, Libro 7, La ética, Paidós, Bs. As., 1988, pág. 92.: “¿Pero en qué se defiende el hombre de manera diferente del animal que se automutila? La distinción es introducida aquí por la estructuración significante en el inconsciente humano. Pero la defensa, la mutilación que es la del hombre, no se hace solamente por sustitución, desplazamiento, metáfora y todo lo que estructura su gravitación en torno al objeto bueno. Se hace por algo que tiene un nombre y que es, hablando estrictamente, la mentira sobre el mal.”

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